Lavo [...] sueños.


[lavo] el dolor a orillas del olvido con una lágrima ascendente que atardece inmóvil rompiéndose en luz de ayeres ya no me pregunto ya sé la respuesta sólo yo y mi pregunta secreta ahí estaremos en cada espina en cada beso y definitivamente en el espejismo de tus [sueños]

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Me lanzo al pensamiento como un astronauta de agujeros blancos. Me limito al infinito, me extravío, me deshago, me replico y me replico. Observo lo que nadie observa, lo literaturizo, lo alucino. Y rebuzno. Salto, me tambaleo inmóvil, rodeado de soledad. Lo acepto. Prosigo. Imagino dos payasos en un bar; uno le dice al otro: -Tengo algo en la nariz. Prosigo. Soy un satélite de la conciencia, soy burbujas de nada en el vacío; soy la explicación de lo inexplicable, soy el espacio que conecta lo múltiple... soy un ser siendo. Salgo por donde entré.

El diálogo


-Te amo.
-Te amo.

No tengo palabras


Cuando me siento solo acaricio alguna sombra y así mi respirar cree que hay un más allá de oblicuas soledades. Cuando me siento cansado hago brillar la oscuridad y así mis sueños siembran alas en cada ramo de ajenos pies, y en ellos me transporto. Cuando me siento triste supongo vientos intangibles coagulando los recuerdos y así al menos mis oídos son felices. Cuando me siento aburrido mastico una piedra y así mis dientes se van a dormir creyendo que ayudaron a digerir un planeta. Cuando me siento insignificante respiro fuego y así adorno con algo la nada. Pero cuando me siento despertar sin vos... no tengo palabras.

Sueño


Mis oídos sólo separados de tus labios por mi nombre.

Desilusión


El amor es una ilusión que se construye de a dos pero se destruye de a uno.

Alicia contra el Reloj


[Alicia] -Disculpe... ¿me podría decir dónde estoy?

[Reloj] -¡Claro! Estás exactamente frente a mí.

[Alicia] -Supongo que es verdad... pero sigo perdida, y voy a llegar tarde a mi casa. ¿Podría decirme la hora?

[Reloj] -¡Ojalá pudiera! Lo que pasa es que estoy muy cansado... ya sabrás lo difícil que es mover el tiempo.

[Alicia] -Bueno, imagino que el tiempo debe ser bastante pesado. Pero yo creía que el tiempo movía las agujas de los relojes, no al revés.

[Reloj] -Pues estás muy equivocada.

[Alicia] -¿Por lo menos puede decirme qué día es hoy?

[Reloj] -Sí... (cuenta con los dedos y se lleva una mano al oído para escuchar) Hoy es el tercer martes de esta semana.

[Alicia, pensativa] -Donde yo vivo hay nada más un martes por semana.

[Reloj] -¡Pero que egoístas! Aquí casi siempre juntamos los días y las noches; y a veces en invierno tenemos hasta cinco miércoles seguidos, para aprovechar mejor el calor.

[Alicia] -¿Es que cinco miércoles son más calurosos que uno?

[Reloj] -Cinco veces más calurosos, claro.

[Alicia] -¿No podrían ser cinco veces más fríos...?

[Reloj] -¡Así es! ¡Tú lo has dicho! Cinco veces más calurosos y cinco veces más fríos, de la misma manera que yo soy cinco veces más inteligente que tú y cinco veces más tonto. ¡Pero que modales los míos! (saca un teléfono antiguo) -¿Hola? ¡Tenemos invitados que no invitamos! ¡Preparen la mesa y pongan gatos en el té!

[Alicia] ¿Gatos en el té? ¿Para qué?

[Reloj] -¿Prefieres un café con ratones?

[Alicia] -No, no... Gracias. Prefiero un vaso con agua.

[Reloj] -¡Ah! Eso sí que no tenemos. Es que dejamos el agua afuera toda la noche y se mojó... Pero, si tienes mucha sed, puedo traer un hipopótamo.

[Alicia] -No, no... Está bien, no se preocupe...

[Reloj] -¡Pero si no es ninguna molestia! (sacando nuevamente el teléfono) ¡Hago un par de llamadas y me lo mandan por fax!

Maletín


Le paso un trapito para sacarle los sueños y lo soplo un poco por las dudas. Lo abro mientras cierro los ojos para contrarrestar el atrevimiento. Meto las manos e intento reconocer las formas, los colores que nunca vi. Hay, dentro del maletín, una araña alada sin bordes, un chorro de sifón y una escena ficticia nublada por la realidad. Pero no busco eso. Sigo. Intuyo con los dedos unas letras que se me enredan en las huellas digitales, personalidades sin estrenar, copos de nieve tibios y una sonrisa sin manual. En algún lado debe estar lo que busco. Revuelvo. Mis brazos están dentro hasta los codos y ya rozan cosas intangibles, como ha quedado demostrado. Entre ellas, un frasquito con dimensiones instantáneas, un presagio de amor vencido, una alegoría escrita en japonés por un chino y un pasaje hacia la falsa felicidad. Tampoco quiero eso, y hundo la cara para ayudar a los brazos. Toco media docena de estrellas sin querer y les salen rayitos en cámara lenta que rebotan contra todas las partículas de la nada y vuelven en seguida para tomar la merienda. Me inclino un poco más y estirando la imaginación percibo que el interior no tiene rincones ni ausencia de ellos. Hay adentro libertad y poder y una ordenanza que prohíbe el tiempo en cualquiera de sus conjugaciones. Hay un mapa de otro mapa tallado en un parpadeo; hay un grito majestuoso salido de la nada y un azar fosilizado en ámbar musical. Me adentro un poco más y, ya colgado de los pies, indago a fondo en la inocencia de existir. Las ideas se me meten por los poros y, de repente, la línea vertical que mantiene unido mi ser saborea algo extraño: es frío y es rectangular, pero no es sólo un frío rectangular, es un haber encontrado lo que estaba buscando. Abro los ojos y lo veo como es: un simple maletín. Le paso un trapito...

Dafne


Gracias por haberme concedido tanto tiempo tan valioso (aún creído poco por un tonto como yo); es eterno el refugio que te hiciste en mi interior, aún con sus puertas siendo heridas. Gracias por haber elaborado tantos recuerdos conmigo; prometo llevarlos incluso cuando esté prohibido, en lugares lejanos, donde la memoria vuelve a la brisa para fabricar un adiós. Gracias por haber rescatado lo que de mí se perdía; gracias por haberme encontrado, aunque fuese once años tarde y un día. Gracias, hermosa, por haber dormido a mi lado y más todavía por haber conmigo despertado. Gracias por haberme mirado con tus ojos cerrados, por haberme imaginado hasta donde mirabas dormida. Gracias por haberme regalado una deuda infinita que no puedo pagar: haber sido juntos una misma sonrisa. Gracias por haberme dejado tantas cosas escritas que nadie más va a comprender porque nadie más podría. Gracias por haber pronunciado tantas palabras ¡tan lindas! y por no haberme olvidado cuando tal vez lo merecía. Gracias por haberme librado a resurgir, una vez más, desde mis fragmentos de cenizas.

Y, aún lejos del final, debo agradecer a la vida: por haberme permitido conocer a una persona como vos. Perdoname haber querido adueñarme del regalo, del presente infinito que llenaste con instantes; no me culpes por haber deseado devolverte esa alegría, a pesar de haber sido nada más que dos extraños, en el mismo vagón, pero en diferentes vías.

Quizás de eso se trata el amor, quizás de eso, Dafne mía.

La espera


Tengo un universo paralelo en un bolsillo agujereado, y te espero en la esquina de siempre, temblando, entre los tótems borrosos, sobre los estruendosos gusanos. Te espero ahí sentado aunque no esté, en cada único lugar donde no estás. Y, mientras no llegás, pasa un vendedor de verbos usados que regala ayeres, y pasa una señora con un litro de jilgueros que hace un pozo y mete los pies en el asfalto, y también pasan un repartidor de problemas ajenos, un viejo en una mesa, un payaso de traje y varios zapatos que arrastran sombras imaginarias. Y miro para un lado y para el otro esperando verte salir de la sonrisa de un perro o de un cartel luminoso o de una puerta dibujada en el Sol... pero no. Y sigo esperando y me entretengo viendo la tarde rugir, entre líneas. Se me agotan los temblores y vos no pasás de muchas formas: no pasás como un chinito albino, como un timbre de domingo y como una montaña de esas cosas que salen de los ojos.

Me parece ver un ángel en el barcito de enfrente tomando agua de un florero... no, es un castigo a cuerda. La gente me tira bandoneones de vidrio en un rincón del alma y la tarde, aburrida, se va cocinar las luces de mañana mientras la luna me toca bocina. Y ahí sigo yo, con la orquesta infinita que afina en silencio la última nota de cada canción. Me siento y me resiento y el mozo me trae peras al óleo en una bandeja inflable. Se tropieza y rompe las copas de los árboles, que caen hacia el horizonte y me miran de costado como diciendo: "viste, no va a venir".

Prendete un pucho -me dice una cortina despeinada-, este es el sector de las almas condenadas. No lo prendo por miedo a que venga un colectivo, pero lo prendo por miedo a que en el colectivo vengas vos y bajes llena de abrazos azarosos y miradas miopes y te topes con este coso y te enamores de nuevo y bailemos en un techo con las almas y qué se yo.

Y los párrafos se hacen suspiros y la nada fiel, y sigo esperando porque sí, porque tal vez. Porque nadie te puede esperar así de loco, y, si aparecés, en esa esquina sustentada por tu piel, alguien te tiene que decir lo hermosa que sos y lo feliz que me hacés.

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